Friday, December 3, 2021

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    El ‘bullying’ en primera persona: “El dolor psicológico era aún mucho peor que el físico”

    Todas las mañanas me levantaba muy temprano para ir al colegio y, a diferencia de mi hermano, jamás necesitaba alarma o que me despierte mi madre. Mi uniforme estaba siempre preparado y en el colegio era un alumno ejemplar. Adoraba jugar con mis amigos en el recreo y tenía una vida feliz. Pero todo cambió cuando empecé a sufrir bullying. Tenía tan solo 13 años.

    Quizás por mi orientación sexual, siempre he tenido un comportamiento un tanto ‘afeminado’. Como dicen algunos, tenía un poco ‘pluma’. Muchos de mis compañeros me rechazaban por ello. Los malos tratos eran constantes.

    Pero sin duda alguna, lo que más me afectaba era tener que aparentar que todo estaba bien para que mi hermano no se diera cuenta que me hacían bullying ni se avergonzara de mí. El mismo me había recriminado mi manera de ser en varias oportunidades.

    En las clases de educación física era donde peor lo pasaba. El profesor nos separaba por sexo. Los chicos jugaban un juego y las chicas otro. Los niños fútbol y las niñas voleibol. Odiaba el fútbol y no tenía ni idea de como jugar. Lo que realmente me gustaba era el vóley. Tanto sufría que un día comencé a asistir a las clases en vaqueros para que no me dejasen participar.

    Las clases de educación física eran una tortura para mí. Mi comportamiento había cambiado rotundamente. Estaba casi siempre triste y ningún profesor se interesaba en conocer el motivo. Empecé a tener suspensos por no ir debidamente vestido y, aún así, nadie se molestó en saber que me estaba pasando.

    Conforme fue pasando el tiempo, el bullying fue aumentando. Me llamaban “maricón”, “asqueroso”, “florecilla”, “culo roto”, entre otras tantas atrocidades vinculadas a mi sexualidad. Y como si fuera poco, también recibía agresiones físicas. Convivía a diario con los puñetazos y patadas. En el horario de la merienda me escondía para no recibir golpes de los demás niños.

    “Conforme fue pasando el tiempo, el bullying fue aumentando. Me llamaban “maricón”, “asqueroso”, “florecilla”, “culo roto”, entre otras tantas atrocidades vinculadas a mi orientación sexual”

    A la hora del recreo, me refugiaba en una zona plagada de árboles y plantas y me sentaba allí solo a comer mi bocadillo. Todos mis días los pasaba en la más absoluta soledad. Sabía que si me quedaba en el patio no recibiría más que insultos y golpes.

    Los golpes nunca eran en la cara. Me pegaban patadas en el culo y en las piernas y puñetazos en el pecho y en la espalda. Así se aseguraban que jamás podría denunciar. No es lo mismo un cuerpo morado tapado por la ropa que una cara marcada. 

    El escondite entre los árboles era mi zona de confort; allí me sentía a salvo. Pero la tranquilidad se terminó una tarde en la cuál fui encontrado por dos de los chicos que me acosaban. Ese día lo pasé muy mal. Me tiraron el bocadillo al suelo, me insultaron y empezaron a pegarme. Logré escaparme, aunque con tan mala suerte que me tropecé con una de las raíces del árbol y me hice un esguince en el pie. Gracias a la caída dejaron de pegarme y se fueron.

    Y ahí quedé: solo y sin nadie para auxiliarme. Me levanté como pude y fui cojeando hasta el patio, donde fui descubierto por un empleado del colegio. Al verme sucio y lastimado, el hombre me llevó a hablar con el director.

    Por miedo a confesar que era víctima de bullying, le dije que estaba corriendo solo y que me tropecé accidentalmente con una raíz. “La próxima vez aprenda a no correr y a prestar más atención a donde pisa”, esbozó sin ningún tipo de empatía la máxima autoridad de la escuela. 

    Por supuesto que yo no podía ni quería contarlo. Mis compañeros me habían amenazado. Si decía la más mínima palabra a mi madre o a algún profesor, me pegarían aún más fuerte y sufriría todavía más.

    Ese día el director llamó a mi casa y mi madre fue a recogerme. Ella sabía que algo estaba pasando. No obstante, cuando me preguntaba yo negaba todo y le decía que estaba todo bien. Me limitaba a decir que estaba harto del colegio y que no quería seguir estudiando.

    Pero lo peor aún estaba por venir. Cuando uno sufre bullying se siente solo e indefenso. La sensación de inferioridad es apabullante y es imposible encontrar una vía de escape a tanto sufrimiento.

    En una ocasión, uno de los profesores faltó a clase y nos dieron vía libre para bajar ya sea al patio o la biblioteca. Yo elegí la segunda opción, ya que ahí me sentía algo más protegido. Sabía que nadie se animaría a hacerme bullying frente a la bibliotecaria.

    En un instante pude ver el patio vacío y aproveché para salir al baño. Los demás niños jugaban en la cuadra, aunque uno de ellos me vio ir caminando a los servicios, me siguió y me esperó en la puerta. Al salir, tres chicos me increparon y uno de ellos me dio una patada tan fuerte que salí disparado hacía atrás.

    Después de propinarme unos cuantos insultos, uno de ellos me llevó hasta los servicios y me tiró  contra la pared. Mientras uno vigilaba la puerta, el otro me agarraba. El tercero me bajó los pantalones y me dijo: “Eso es lo que te gusta maricón”.

    Mientras uno vigilaba la puerta, el otro me agarraba. El tercero me bajó los pantalones y me dijo: “Eso es lo que te gusta maricón”.

    Y así fue como esas dos personas (si cabe el término) me violaron. Cuando terminaron me advirtieron que ni se me pasara por la cabeza decir a nadie lo que había ocurrido. Si lo hacía, le empezarían a pegar también a mi hermano  y luego me matarían. 

    Después de una experiencia tan traumática, ni siquiera podía conciliar el sueño. Mi desempeño escolar había bajado notablemente. Sin embargo, ningún profesor se había preocupado en indagar a que se debía. Lo que sentía era inexplicable. Había sufrido bullying y acoso sexual y no tenía a quién contarle. Estaba atrapado en un callejón sin salida y, honestamente, ya no tenía más ganas de vivir.

    Y como era de esperar, un día llegó el momento en el cuál quise terminar con todo el sufrimiento. No quería volver a pasar por nada de lo que había ocurrido en el baño. Para el afuera me mostraba impasible y silencioso, pero por dentro estaba absolutamente destrozado. Ahí fue que me percaté de que el dolor psicológico era aún mucho mayor que el físico. No podía borrar de mi memoria lo que me había pasado en ese maldito baño.

    Una tarde después del colegio, me encontré de camino a mi casa a uno de los niños que me había violado. Se paró delante de mí y me pasó una dirección para que acuda ese mismo día. Supuestamente, las personas que habían abusado sexualmente de mi querían disculparse.

    Más que miedo tenía pánico, pero decidí acudir a la cita. Estaba seguro de que las represalias serían aún mucho peores si no acudía. Y temía mucho más por lo que podrían llegar a hacer con mi hermano. Eran unas bestias capaces de cualquier cosa. Y el solo hecho de pensar que podrían lastimar a mi hermano me aterraba. Prefería aguantar ese calvario yo solo.

    Acudí a la dirección a la hora que me citaron. Era un camino conocido para mi porque solía pasar por allí cuando iba a natación. Llegué al sitio y allí estaban los tres esperándome. Yo ya estaba listo para recibir los golpes.

    Para mi asombro, no recibí ninguna agresión física ni verbal. De hecho sucedió todo lo contrario. Me pidieron disculpas y me dijeron que todo había sido una tontería y para “arreglarlo” me dijeron de ir con ellos al centro comercial con ellos. A pesar de que me parecía un tanto extraña, acepté la invitación.

    Nos metimos por una calle de tierra para acortar camino y me hicieron entrar a la fuerza a un local abandonado. Me bajaron los pantalones y fue violado nuevamente; en esta ocasión por los tres. Al terminar, se marcharon repitiendo las mimas amenazas que la vez anterior.

    En ese momento supe que esa sería la última vez. Basta. Ese era el final. Ya cansado de sufrir en silencio, tomé una drástica decisión.

    En ese momento supe que esa sería la última vez. Basta. Ese era el final. Ya cansado de sufrir en silencio, tomé una drástica decisión e hice un intento autolítico con pastillas.

    Mi hermano me encontró tirado en el suelo y me llevó de inmediato al hospital. Me fui recuperando lentamente y me derivaron a una consulta en psiquiatría. Tendría que estar con tratamiento psiquiátrico una temporada.

    Aunque estaba protegido, aún no me sentía preparado para contar toda la verdad ya que mi hermano seguía frecuentando el colegio y se cruzaba a diario con los tres chicos que me habían violado. Además, el doctor que me atendía era un hombre mayor y pensé que me juzgaría.

    Decidí contar que no me sentía bien en el colegio y que por ser sufría bullying por ser homosexual. Exactamente eso puso el psiquiatra en mi parte médico.

    Tras escuchar el diagnóstico de los médicos, mis padres tomaron la sabia determinación de cambiarnos de colegio a mi y a mi hermano. Esa fue mi salvación.

    Aunque el daño ya estaba hecho, en el nuevo instituto me libraría de los puñetazos y de la patadas. Aunque de los insultos y hostilidades no me libraría jamás. Sin embargo, las agresiones verbales eran un mal menor con respecto a todo lo que había sufrido. Al fin encontré un poco de paz. 

    Mi niñez y adolescencia siempre estuvo marcada por el dolor. Al día de hoy, muchas de esas heridas siguen abiertas. Intento superarlas a través de  reuniones y ayudas con gente que ha sufrido bullying o abusos en la infancia. A su vez, asisto al psicólogo. Hay reuniones de grupo de apoyo que te hacen ver que no estás solo. Hubiera estado bien conocer antes la existencia de este tipo de colectivos. 

    El aumento en los casos de agresión a personas del colectivo LGTBI es cada vez más notorio. Es evidente que la sociedad necesita cambiar y aprender a respetar a los demás sin juzgar quién eres, como te vistes o con quien te acuestas. Respetar para ser respetado.  ¡Nosotros también tenemos derecho a vivir sin sufrir!

    *NOTA: La historia contada corresponde a un caso real pero no se revela el nombre del protagonista con el fin de preservar su identidad.

    ¿A donde debes recurrir si tu hija o hijo sufre bullying?

    Plan de acción contra el bullying.

    La Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar (AEPAE) ha impulsado un plan nacional para mediar en los casos de bullying. Dicho plan provee atención tanto a víctimas como a acosadores y fue elaborado en base a “la experiencia directa con más de 4.000 víctimas de acoso escolar y su entorno más cercano”.

    La Asociación tiene publicado en su página web un protocolo de actuación para aquellos padres cuyos hijos sufren acoso escolar. En casos de este tipo se puede contactar con ellos a través de sus diferentes canales de comunicación.


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