jueves, enero 27, 2022

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    La prostitución: un trabajo como cualquier otro

    Como todos los días, estaba tumbada en la cama hasta que me despertó el sonido horrible de la alarma del móvil. Comenzaba una nueva jornada que, como todas, sabía que sería de lo más aburrida. Sin nada de ganas, me levanté, me arreglé y tomé un café. Si no me tomo un café al despertar no soy persona. Y así comenzaba una nueva mañana, igual a todas las demás. 

    Al llegar a mi trabajo, el panorama era exactamente el mismo cada día. Lo único diferente eran las clientas. Trabajaba en una peluquería muy concurrida. Teníamos varias clientas fieles que venían al menos una vez por semana para peinarse o echar el tinte. Curro no me faltaba, y en los tiempos que corren eso no es poca cosa. Aún así no me sentía completa.

    Lo habitual era que vengan señoras mayores queriendo hacerse rizos en los tres pelos que les quedaban. Solía meterlas debajo del secador y confieso que, en varias ocasiones, me las he olvidado allí sentadas. Ellas se quedaban dormidas y yo, en mi afán por atender a muchas personas al mismo tiempo, me iba a hacer otras tareas y las dejaba allí durante horas. No obstante, las clientas quedaban encantadas. Nada mejor que unas cuantas horas de cotilleo y opiniones sin fundamentos sobre absolutamente todos los vecinos del barrio.


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